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domingo, 5 de septiembre de 2010

PESADILLA FINAL: LA MUERTE DE FREDDY (1991)


Recuerdo que cuando estrenaron esta película en el cine de mi pueblo, viendo el póster, donde aparecía un Freddy que extendía su mano hasta parecer traspasar el papel con su garra de cuchillas, me acojonaba hasta límites insospechados. Mi corazón quería ver la película con todas sus consecuencias, pero mi cabeza me decía que huyera, pues sólo el póster me iba a producir más pesadillas que a los habitantes de Springwood.

Además, el visionado del largometraje iba acompañado de unas gafas 3-D, lo que convertiría el pase en una horrible experiencia que podría marcar mi carácter para siempre, pues el amigo del jersey de rayas no tendría límites y podría caminar entre las butacas, entre los espectadores de la sala.

Yo sólo contaba seis tiernos añitos, pero en esa época ya comenzaba a estar interesado por el cine de terror y sus personajes, gracias a programas como Alucine de La 2, justo después del partido de Liga de los sábados. No conocía ninguna de las películas anteriores de la saga, pero mi mente ya sabía quién era ese tipo de las cuchillas y cómo se las gastaba. De todas maneras, mi madre me acabó llevando a ver la peli junto a unos amigos, a pesar de que intentó disuadirme (no penséis que mi madre es tan cruel y macabra), y yo no paraba de temblar e imaginarme cómo sería la película, minutos antes de su inicio. Pero me llené de valentía y me coloqué las gafas tridimensionales.

La pantalla se llenó de luz y Kruegger empezó a hacer de las suyas. Y toda la sala estalló en mil carcajadas y en murmullos de ¿pero esto qué es? Recuerdo que, pese a mi juventud y a la impresión que me provocaba cada aparición del monstruo, pronto dejé de tener miedo y me comencé a aburrir bastante.

El filme cuenta la historia de un chaval amnésico, que cree ser el hijo de Freddy, pues no le asesina nunca en sus sueños (realmente idiota una de las primeras escenas, en la que el chico cae rodando por una ladera durante un minuto, sin parar), pero que en realidad está siendo manipulado por Fred para llevarle hasta su verdadera hija, que ayuda a un grupo de jóvenes con problemas.

Tras la penosa muerte del que parecía el protagonista, tras caer desde el cielo hasta una cama de pinchos, los chicos problemáticos viajan hasta Springwood, de donde no pueden escapar. Allí ya no quedan niños, pues todos fueron asesinados por Kruegger, y sus padres se han vuelto locos, pensando que siguen ahí. Uno de esos padres es Tom Arnold, que nadie sabe muy bien qué pintaba por allí.

Cuando los chicos deciden pasar la noche en la vieja casa de Kruegger, es cuando empieza lo interesante: un cúmulo de despropósitos y muertes que parecen sketches de Cruz y Raya. Por ejemplo, un adolescente que es introducido por Freddy en un videojuego, otro que fallece tras la explosión de su audífono, Johnny Depp en la tele en un anuncio contra la droga, la aparición de una mujer que introduce un bastoncillo para los oídos en la oreja de uno de ellos y lo saca por la otra…

Aquí Freddy se ha convertido en una parodia de sí mismo, algo que se percibía en anteriores entregas de Pesadilla en Elm Street, pero que aquí llega a resultar penoso y doloroso para las retinas del espectador. Nada provoca miedo y las secuencias que pretenden ser más surrealistas y oníricas, como al llegar al pueblo de Springwood, son aburridas y faltas de calidad. Parecen dirigidas por un David Lynch borracho y puesto de farlopa hasta las cejas. Las muertes, a pesar de ser originales, no te lo hacen pasar mal, como ocurría en otras películas del personaje. Y todo por culpa de la New Line Cinema, que quiso rizar el rizo con esta última entrega, y de su directora, que había participado en el departamento de producción de las anteriores pesadillas.

Por otro lado, se puede prescindir perfectamente de las gafas, ya que sólo hay dos o tres momentos en el filme, donde diversos objetos salen de la pantalla, y tampoco es que maravillen, ni mucho menos. Y el final es lo peor de lo peor, pues a Freddy se le concede una entidad demoníaca, tras un pacto hecho en el Infierno, siendo protegido por tres espermatozoides de fuego (si veis la película, me entenderéis), que posibilitan que vuelva a la vida siempre. Por ello, la protagonista ha de adentrarse en los sueños de Freddy, armada con ¡unas gafas 3-d!, para acabar definitivamente con él y con la franquicia, que aquí llega a una degeneración extrema.

Sin duda, la peor película de Pesadilla en Elm Street, cuyas mejores bazas son su título y, como no, la interpretación de Robert Englund, siempre genial en su papel, aunque aquí parezca un Jim Carrey sin gracia. Pero como todos sabemos, fue seguida de más entregas y ahora esperamos el remake de la primera parte, que seguro superará a esta última pesadilla, inferior incluso a la nefasta segunda parte.

miércoles, 3 de marzo de 2010

DRACULA 2 ASCENSIÓN (2003)


En 2000, Patrick Lussier, pupilo del maestro del terror (no para mí) Wes Craven, que había trabajado en la edición de anteriores títulos suyos, como Un Vampiro Suelto en Brooklyn o Scream, recibió el encargo, por parte del tito Craven, de dirigir una nueva revisión del mito vampírico creado por Bram Stoker, ambientándolo en la actualidad y acercándolo al género de adolescentes masacrados, tan popular desde el éxito de la antes citada Scream, pero que estaba dando sus últimos coletazos. Así nació Dracula 2000. Todos pensaron que el tal Lussier era un enchufado de Wes, que en los créditos se limita a presentar la película (seguro que apenas se pasó por el rodaje, pero abrió bien la saca para llevarse sus beneficios), pero el director y guionista del cotarro demostró su buen hacer con la película, así como su amor hacia el género, del que había mamado siempre, tanto currando para el equipo de Craven como dirigiendo su ópera prima, Ángeles y Demonios 3. Si bien la película pasó sin pena ni gloria por nuestras carteleras (a lo cual contribuyó que aquí se estrenara un año después, recibiendo el título de Dracula 2001), Lussier se labró un buen nombre dentro del género que nos ocupa y fue demandado para trabajar en las dos secuelas de la película, que Craven también "produciría" por obligaciones contractuales.

La segunda parte de Dracula 2000, estrenada directamente en el mercado del vídeo, no llega a superar en calidad y hemoglobina a la primera, pero está casi a su altura, a pesar de sus enormes fallos de guión. Aquí, la primera aparición del monstruo no es tan espectacular, más bien es rutinaria y no te das cuenta hasta el final de que no es un vampiro más, sino EL VAMPIRO, aunque quizá el director pretendía crear ese efecto. Las motivaciones de los personajes para robar un cadáver de la morgue, que resulta ser un vampiro, no están muy claras y son sólo una excusa para que la trama avance. No obstante, hacia el último tramo de la película, todo se va aclarando y nos damos cuenta de que uno de los personajes ha manipulado al resto para hacerse con la suya. También es posible alterarse al ver los cambios de personalidad de algunos personajes a lo largo de todo el metraje, y lo mismo ocurre al ver que casi ninguno se asusta por la idea de estar enfrentándose a unos chupasangres muy peligrosos. Pero todo esto se ve compensado por el carismático personaje del cura matavampiros, que fue mordido por uno de ellos y es medio vampiro. El tipejo emplea todo tipo de armas para acabar con ellos, con el fin de llegar hasta Dracula y acabar con su maldición; porta desde una lanza con hacha incorporada, hasta agua bendita en una petaca y un látigo recubierto de pinchos. Es una especie de Blade sin piedad, que tiene al estamento eclesiástico en su contra por lo que hace, pero él continúa con su particular vendetta. Es él lo mejor de la película, junto a las peleas con las criaturas. En estas, los efectos digitales, aunque se notan, son bien chulos.

Por otro lado, las relaciones entre los jóvenes que custodian a Dracula son poco interesantes, aunque fundamentales para que todo avance, hasta llegar al épico final, con una pelea a muerte entre el cura y el vampiro. Un final que prometía secuela, y así fue. Aún no la he podido disfrutar, pero no tardaré, tras el buen sabor de boca que me ha dejado esta cinta, y así saber cómo se resuelve todo.

El director repite en la última entrega, por supuesto. Entre sus últimos títulos encontramos el remake de San Valentín Sangriento, en 3D, y sus futuros proyectos son Drive Angry y la tercera parte del remake de Halloween (Rob Zombie ha dejado ya la saga), también usando la tecnología de las tres dimensiones. Esperemos que algún día se dé cuenta de que el cine convencional sigue existiendo.